Versión en español — Publicado en Garland Magazine, Issue 46, julio 2026
Versión en inglés: garlandmag.com/article/don-pablo/
Texto: Daniela Contreras Flores — @danielacontrerasflores_
Fotografías: María Pereira — @maria_mitzy

Hace poco, caminaba de regreso a casa por una de las calles de Narvarte que cruzo casi todos los días. Era una tarde de invierno — aunque en la Ciudad de México, el invierno tiene algo de primavera eterna — y las jacarandas empezaban a florecer. Llevaba bajo el brazo algunas imágenes que acababa de imprimir para mi tesis, cuando me encontré con don Pablo, sentado en el piso sobre una lona plástica amarilla. Nunca lo había visto, a pesar de llevar casi dos años viviendo en la colonia. Fue la primera oportunidad que tuve de sentarme junto a él y mirar lentamente los delicados tejidos en palma vegetal y sintética que realiza junto a su esposa.
Pablo Rosas Juárez, de 63 años, y Juana Lucas del Prado, de 59, vienen de un pequeño pueblo del sur de Puebla, en Tepexi de Rodríguez, donde el tejido en palma y distintas formas de artesanía son parte de la identidad de un territorio que ha resistido el paso del tiempo. Doña Juana nació en una familia dedicada a los oficios, mientras que don Pablo creció más cercano a las labores del campo. Al casarse, ella lo animó a expandir sus conocimientos en tejido para poder dedicarse juntos y ganarse la vida, siguiendo una tradición que afortunadamente no sostienen solos. En su pueblo todos aprenden a tejer desde pequeños, es un conocimiento que circula libremente. Don Pablo me lo cuenta mientras atiende a una joven que le pregunta el precio de unos aros de no más de un centímetro con forma de mariposa, tejidos en una milimétrica trama de dos colores.
Desde que vivo en México, algo que me ha llamado particularmente la atención es el proceso migratorio de zonas rurales. En el caso de don Pablo y doña Juana, este se vuelve especialmente evidente. Ellos vienen de un territorio donde el tejido es mucho más que un trabajo, es parte de una identidad, una forma de comprender la vida. Al migrar a la ciudad, ese conocimiento no desaparece, pero sí cambia su condición: pasa de ser algo integrado y compartido a algo que se vuelve tensionado. Sostenerlo tiene costos concretos, y varios de ellos son visibles en la forma en que organizan su vida cotidiana y en la forma en la cual se observa y se comprende el trabajo que realizan.
Actualmente viven en Chimalhuacán, una zona periférica al sureste de la ciudad, lo cual significa aproximadamente cuatro horas totales de transporte diario. Este desplazamiento no es solo uno, sino que se podría pensar como una doble migración. Por un lado, el paso desde el campo hacia la ciudad, un proceso que en muchos casos no es del todo una elección, sino que está condicionado por las dificultades económicas y la falta de oportunidades en los territorios de origen. Por otro, un desplazamiento cotidiano desde la periferia hacia el centro, donde se concentra la posibilidad de venta, porque en sus propios barrios esta economía difícilmente podría sostenerse.
Este movimiento constante revela una estructura desigual, donde no todas las personas destinan la misma cantidad de horas diarias a trasladarse. Ese tiempo no es menor: implica un desgaste físico y una limitación concreta sobre lo que se puede hacer durante el día. Vivir en la periferia aparece así como la única alternativa posible frente a los altos costos del centro, muchas veces gentrificado o asociado a clases sociales acomodadas, pero esa misma distancia obliga a depender del lugar del que se está excluido para poder trabajar.
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Con sus años de trabajo ha aprendido a reconocer en qué lugares puede instalarse y en cuáles aumenta el riesgo.
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Don Pablo es quien se traslada para poder realizar la venta en las calles, una tarea que no es nada fácil. Con sus años de trabajo ha aprendido a reconocer en qué lugares puede instalarse y en cuáles aumenta el riesgo, un riesgo que puede implicar multas, detenciones temporales o incluso el robo de algunas de sus piezas. Mientras sortea estas situaciones en la calle, teje simultáneamente distintas piezas en palma sintética de colores y de mayor formato. Me cuenta que es difícil calcular el tiempo que tarda en cada una, pero que aproximadamente pueden llevarle cuatro horas de arduo trabajo manual, sin considerar los tiempos de compra de materiales, diseño o trato con proveedores. El costo de estas se mueve entre los 30 y los 300 pesos mexicanos.
Doña Juana se encarga del teñido de la palma vegetal con tintes sintéticos y de hacer todas las pequeñas figuras, de no más de cinco centímetros, con este mismo material. Arcángeles, la Virgen de Guadalupe, personajes de la cultura popular como Frida Kahlo, y pequeños payasos que, de cabeza, se sostienen con las manos sobre una pelota de color. Me conmovió profundamente el nivel de talento, sorpresa y ternura que contienen estas piezas diminutas, y no es la primera vez que siento algo así frente a la artesanía popular latinoamericana.

Esa conmoción me cuesta explicarla, pero creo que tiene que ver con algo que nos falta. Vivimos dentro de una estética dominante que ha ido determinando, con mucha fuerza, qué es lo que consideramos bello y qué no. Una estética que limpia, corrige y homogeniza, y que en ese proceso nos ha ido alejando de ciertas formas de belleza que alguna vez fueron propias. Cuando algo escapa a esa lógica, cuando aparece una pieza de cinco centímetros tejida a mano con una destreza acumulada por generaciones, algo se mueve. No porque sea exótico ni porque lo veamos como ajeno, sino precisamente por lo contrario: porque lo reconocemos. Esa coraza se agrieta, y por un momento aparece algo que estaba ahí pero que la estética dominante había ido cubriendo.
En todas estas pequeñas piezas se puede ver un alto nivel de oficio, una destreza técnica a la cual cada vez nos vemos más alejados, porque vivimos en un contexto donde esta maestría se vuelve escasa y, cuando aparece, muchas veces está asociada al lujo, uno que no habla de identidad ni de raíz sino de estatus y diferencias sociales, que se comercializa en un mercado exclusivo y se exhibe en redes sociales como estilo de vida. Por el contrario, esta forma de crear está asociada a una historia cultural que se mantiene viva en la práctica, que se encarna en la cotidianidad y que conecta, como dice don Pablo, con una forma de hacer que no es distante:
Lo hago con amor, con cariño. Todos los que nacimos en mi pueblo somos artesanos. No es un trabajo ajeno. Lo traemos en la sangre.
Entre la primera y la segunda conversación con don Pablo me diagnosticaron túnel carpiano. Me infiltraron la mano derecha y me pasé casi tres semanas sintiendo silencio absoluto. No podía tejer, no podía cocinar, no podía leer, ni siquiera podía dictarle al computador. No sentir mi mano me arrebató toda capacidad de pensar, reflexionar o sentir profundamente. Porque yo también vengo de una genealogía textil, una que heredé de las mujeres de mi familia y que cargo, como don Pablo, en las manos. Durante esos días me pregunté si dejaba de ser tejedora al dejar de tejer. Y si don Pablo o doña Juana dejaran de hacerlo, ¿también dejarían de ser quienes son?
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Ser tejedores es ser portadores de conocimientos comunitarios que se aprenden desde el cuerpo y que se encarnan en nuestra forma de entender la vida.
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